1.21.2013

Morir no significa dejar de existir.


Insensible. Pasando de los días, anhelando el perdón, pronunciado su nombre en cada minuto leve, se sentía sin corazón. Lo perdió en una batalla en la que la muerte era la ganadora en todos los sentidos.

-Llévame contigo, no puedo esperar más...
(El día que regreses a mí, permanecerás para siempre)

Si preguntas el porqué el destino quiso que fuera así.

Su espíritu era libre, él el agonizante y suplicador. 

Ella roza tus estallidos de angustia, siente como te defraudas por la pérdida, te espera incondicionalmente. La muerte puso fin a su corta vida.
No lo quieres afrontar, pero con el tiempo lo harás, y será ella la que llore 
cuando no te acuerdes ni de su nombre, pero te seguirá cada paso que des, cogerá tu mano y te guiará en el camino, acariciará tu cuerpo y te besará en la nuca y tú solo sentirás el mísero cosquilleo del aire.

 Su conciencia lo atormentaba, era el vivo.
Sus ojos fueron castigados con no poder verle, a causa de su temor a reconocer. 
Hasta que un día la veas, pura e inocente como tuya que era, la besarás en los labios y os fundiréis
en un simple resplandor llevándose consigo tu propia alma.

Ella no está, ella se fue, sólo nos dejó su recuerdo
en nuestra triste memoria.
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