12.27.2012

El Madrid de los infantes.

Era amarga e inconfundible,
brillante y ajetreada,
abrupta e impetuosa,
desolada por calles y esquinas,
confundida entre árboles y jardines.
Amaba su jolgorio y su vitalidad,                                                        
su gente y sus costumbres,
habitada por doquier, rumiaba de madrugada,
con los gatos despiertos acompañando al amanecer del alba.
Friolera y calurosa despertaba los mejores sueños,
la felicidad en nuestra palma de la mano
y la libertad de cualquier tarde de verano.
Ilusionada y con esperanza, vivía para nosotros,
engalanada con nuestras vagas sonrisas
de pícaro.
Hermosa y a veces masoca, dormitaba con mi mirada.
Caí como una tonta en su trampa!
Sus azoteas inigualables disfrutando de cada caída del sol,
quedaban prisioneras de su embrujo,
quedando así misma embelesada por tal.
Traficante de pasiones y encuentros,
era la hechicera de la alegría,
con sus más preciados rincones de disfrute
y sus más monumentos reconocidos.
Sus paseos inconfundibles eran pasatiempos de horas
y risas, de mirar escaparates y comprar.
Quedé enamorada, por tanto nombrarla y decirla, que al final,
quedé casada con ella. Mis mejores años fueron los que estuve
a su lado, contemplándola hasta llorar de tanto recuerdo.
La memoria me desvaría ya, pero aquella ciudad de tanta vida
y momento, siempre quedó en mi corazón.
Madrid.

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