12.16.2012

Summer

Montada sobre su caballo, galopaba deprisa pero sin pausa, conteniendo la respiración entrecortada por el aire helado del invierno fresco. Se estaba despidiendo.
En sus días más remotos era encontrada llorando torpemente sacudida por alegrías pasadas y sobre todo por Peter, su gran amado capitán del mar negro. La británica de ojos claros, con plateada cascada de rizos medio despeinados, de piel marfileña y ondulantes pestañas que amortiguaban su mirada sensual y efímera, tenía una sonrisa divertida y demacrada que emanaba luz, pérdida y deseo. Con esa mirada que tanto la identificaba se los comía a todos, presos de su arrolladora inteligencia de gatita desesperada. Sucesora del amor e hipócrita en la pasión, se cobijaba en mis entrañas, de plegarias consideradas susurros de amor, dándome ilusiones de aristócrata empedernido por tal hermosura, tanto la quise, tanto la amé, tantos hombres detrás de ella, tanta soledad y amargura por parte de ella, y tanta espera de él, pero yo, simplemente era un siervo del que cuidaba su caballo más bravo e impertinente, simplemente era su ayuda de un poco de consuelo cuando Peter no venía, simplemente era el atractivo sirviente del que nunca te atrevías a enamorar, pero caí en tus redes, y de tu juego no pude escapar. La que parecía la mosquita muerta de la que me enamoré y que murió el día en que se fue. Summer decía que se llamaba, para mí, más bien conocida como mi verano del 72.
John.

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