2.05.2013

Almas inseparables, almas muertas.

Coge mi mano bajo el agua...


Estoy a punto de ebullición, ahogando lágrimas en el hastío,
cuento los segundos antes de reaccionar...

Despierto, me encuentro mojada en medio del mar, con ojos llorosos e irreconocibles.
Mi piel pálida frente al frío, frente al mundo. Estoy desierta, no tengo ayuda.
Mis llantos se mezclaron con las olas, me arrastran no sé hacia donde ir.
Mi único sustento es el latido de mi corazón, porque estoy muerta en vida.
No corre la sangre por este maldito cuerpo, no riega mi cerebro por esta maldita
palabra. Se fue, lo sé, y con ella se lo llevo todo, hablo de mi alma, la que reía y sabía.
Ahora, actúa mi cuerpo, él que a nada responde, él que a nada se inmuta. Ella no quiere venir, no quiere huir, se ríe a mi lado, me espera.
Mi mente vaga, mi aire hiela.
Floto en el agua ardiente, me eleva, rompe contra mi y desaparece quedando sólo el susurro de su
acompañamiento. Necesito que alguien salve a este pobre corazón sin sentido, que alguien me coja en brazos y me lleve a la superficie. Quedaré atrapada en esta manta de pocos amigos y tranquilidad.
Las rocas romperán mi últimos recuerdos vivos, mis momentos no existirán jamás, me estoy haciendo añicos 
sin haber vivido lo suficiente como para vivirlos. Mi hora llega, a nadie se le ocurre venir, pretenden dejarme a solas en este mar del cuál nadie sabrá que he muerto, dejando mi cuerpo, perdido de vida.

La muerte es apacible, fugaz, incluso entrañable, la vida pasa rápido, a veces sin enterarte.